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La corrupción,
siempre, la protagonizan -activamente- los corruptores y los corruptibles;
pero, hay un tercer protagonista, simbolizado en los tres monos
que no oyen, no ven y no hablan; son los protagonistas pasivos.
Es corrupto activo el que ejerce la "insinuación"
o el pedido explícito de una maniobra ilícita, también
lo es el que lo acepta; es corrupto pasivo es aquél que observando
o conociendo un hecho ilícito, no participa activamente,
pero tampoco lo evita ni lo denuncia; por el contrario, lo protege
o lo auspicia. Es el clásico sujeto que luego reclama el
"derecho de vista", acepción utilizada por éste
cuando pide su porcentaje de la prebenda o coima.
Donde conviven el desesperado, el iluso,
el ingenuo y el inmaduro, allí se asegura el clientelaje
corruptible. Lo supo Rasputín como Richellieu y lo saben
los que maniobran alrededor del poder del dinero. Cualquiera de
los casos citados son el resultado del proceso educativo, es aquello
que forma una sociedad en su conjunto; lamentablemente, soportada
por una plataforma frágil que hace de la escuela el lugar
que refleja todas las culpas del sistema social.
El desesperado nace de la pobreza, de
la incapacidad para generar riqueza, es presa fácil de los
corruptores, convirtiéndose en candidato fácil a ser
corruptible. Al desesperado también se le fabrica, se maniobra
con el hambre y la necesidad para abonar la presencia de sujetos
(personas, empresas y hasta países) en ese estado.
El iluso corruptible es consecuencia
de una falta de capacidad para el esfuerzo, es aquél que
sustituye por lo fácil la manera para obtener una ganancia.
Los ilusos que adoptan el facilismo como actitud eje favorecen la
influencia de los corruptores.
El ingenuo es un sujeto cuyo pensamiento
crítico jamás fue ejercitado adecuadamente, es aquel
cuya buena fe es "explotable" para malos propósitos.
La ingenuidad es una condición que facilita las intenciones
del corruptor.
El inmaduro incluye a los tres anteriores.
Un inmaduro, sin embargo, puede no tener necesidades, ser claro
en sus análisis y listo en sus elucubraciones, pero débil
por sus pasiones.
Si la cultura organizacional de una
institución contiene sujetos con estas características,
se trata de un lugar proclive a la crisis de valores.
La corrupción tiene que ver con
los objetivos que motivan nuestras acciones y con el sentido de
convivencia, conforme lo precisa Gustavo Espinosa Moncloa en sus
estudios sobre la disciplina. El, afirma que el contexto de la reflexión
sobre la corrupción es doble: los objetivos que motivan las
acciones y el sentido de la convivencia.
En un texto de Espinosa, relacionado
con la institución educativa, se lee: "La Disciplina
Voluntaria se involucra en la normatividad de un centro educativo
porque se pone al servicio de las Acciones Sociales que en ella
se realizan: convivencia, aprendizaje, organización, etc.
Su tarea es servirlas, para que se realicen a cabalidad. Ella misma
es social. Concretamente, la Disciplina Voluntaria nace y se alimenta
de dos Acciones Sociales (cooperaciones) concretas: del diálogo
crítico y del consenso en lo común. Se alimenta de
ellas y trata de realizar su sentido: el bien común".
Descripción válida para cualquier organización.
Explica Espinosa que las acciones sociales
son actividades que buscan lograr ciertos objetivos. Estos, pueden
ser "internos" a la acción que realizamos o "externos"
a la misma.
Por ejemplo, si tomamos al azar la actividad social deportiva,
en ella podemos encontrar estos dos tipos de objetivos:
1º Objetivos internos: el deporte
busca el disfrute, la expansión, el dominio, el desarrollo
físico, el contemplar un buen juego, entre otros.
2º Objetivos externos: el poder, el dinero, el prestigio, la
compensación, la comodidad y otros.
Tomemos, también al azar, otra
acción social por excelencia: la actividad política.
Igualmente, en ella podremos encontrar estos dos tipos de objetivos:
1º Objetivos internos: la política
busca la realización del bien común, la mejora de
la calidad de vida de todos, el desarrollo nacional, entre otros.
2º Objetivos externos: pretender el dinero, el poder, el placer,
más prestigio, más comodidad, realización personal
y otros.
Si realmente buscamos objetivos internos,
nos daremos rápidamente cuenta que:
- Dan sentido a la acción social que realicemos (política,
deporte, salud, investigación, educación, empresariado,
etc.), librándonos de la insensatez, caos, individualismo
y mutismo.
- Dan legitimidad social (apoyo social) a las acciones que le son
inherentes.
- Apuntan a lo específico de esa acción social.
- Lo específico se puede tomar y convertir en orientaciones,
fundamentaciones y objetivos concretos.
- Nos dan la sustancia de la acción.
En cambio, si realmente buscamos los
objetivos externos, nos daremos cuenta que:
- No nos dan el sentido, real y profundo, de la actividad que realizamos.
- Son comunes a todas las acciones sociales.
- No nos dan especificidad ni sustancia.
- No nos dan legitimidad ni buscan realizar los motivos sociales
del apoyo.
- No nos aportan orientación, fundamentación y objetivos.
- Nos dan, como resultado secundario, prestigio, poder, dinero,
comodidad, etc.
Es oportuno subrayar que aunque no podemos
prescindir de los objetivos externos, tenemos que evitar que tomen
el primer lugar en nuestras acciones sociales. Por ello es importante
una Educación en Actitudes.
¿Quiénes
son los corruptores?
La historia ha registrado a algunos. Los titiriteros reales están
asolapados detrás del sistema financiero, de la gran industria;
agazapados cerca de los líderes políticos o convirtiéndose
en tales. Ellos rodean y se apoderan de los gobiernos, para sostener
sus ventajas.
Mientras se propugna un Estado al servicio de la democracia, los
corruptores hacen del Gobierno su sirviente y del Estado un centro
de acuerdos clandestinos. Pero cuando el ejemplo cunde y las mayorías,
seducidas o impotentes, se embriagan de actitudes informales, ilegales
e indecentes, en ese momento, todos contra todos, engendran un país
inseguro o un infierno. En cualquier caso, el corruptor sortea el
escenario y modifica sus estrategias, pero no su maledicencia; generalmente,
se reacomoda.
Quede anotado que la democracia no es la culpable de la inmoralidad
ni de la corrupción. La democracia no es una propuesta moral;
es, más bien, una propuesta política. Se hace preciso
unir lo moral y lo político. Se debe encontrar una moral
acorde con la democracia.
En el caso peruano, quiénes tomaron la corrupción
por bandera, en la década del 90, también sirvieron
para mostrarnos en el vídeo su estilo delictivo. Falta descubrir
a sus secuaces y a los aprovechadores; hoy, unos se esfuerzan por
excarcelarlos y otros los utilizan en la cárcel en una suerte
de extensión de la corruptela.
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Corruptores
y corruptibles navegan entre los gobernantes actuales. Son socios
que se limpian o se muerden entre sí. Entre ellos, aplican
sus propios códigos de protección y encubrimiento;
pero, cuando las rencillas o el desentendimiento prevalecen, entre
ellos llegan a practicar el asesinato, la acusación artera
o el golpe bajo. Si esto sigue así, es muy probable que su
propia Cadena del Desvalor explote y terminen despedasándose
entre ellos. La violencia es así.
Entre
estos hechos, sin embargo, el vídeo es un instrumento que
muestra su valor. No sólo como medio de coacción de
los "montesinos" o los "fujimori". Sino, también
por su uso pedagógico para ejemplificar en forma gráfica
y animada los temas de enseñanza; no sólo como instrumento
para la publicidad de tal o cual marca. Es, también, un material
que puede utilizarse en el acto formativo para regular las actitudes
de los jóvenes y parece que de todos, sin distingo de edad.
En un Centro Educativo de Breña (Lima, Perú), se
instalaron cámaras de vídeo en todas las aulas. Al
principio, mientras los estudiantes no lo sabían, cada vez
que el docente los dejaba solos, de ellos brotaban sus energías
y entonces desbordaban sus emociones (natural, dirán algunos);
cuando percibían que el docente retornaba, se acomodaban
en un "yo no fui" y todos en su lugar, lo que sólo
refuerza la heteronomía moral. Bastó que un papá
viera un vídeo, mostrándosele la conducta de su hijo,
para que todos los alumnos descubrieran que tenían un "vigilante".
Y las actitudes de todos cambiaron, "porque los estaban mirando".
Esos alumnos, solos, regularon sus actitudes y, claro, además
de la correspondiente guía de sus docentes completándose
-diremos- el circuito formativo.
Hecho similar acontece en oficinas y fábricas. Donde se
han instalado estos equipos la productividad se ha elevado. Recordemos,
por otra parte, que un vídeo permitió a un padre de
familia descubrir los maltratos de que era víctima su hijo,
tal como los noticieros de la televisión lo repitieron.
Hoy existen sistemas para "observar" lo que ocurre en
la casa o en la oficina, desde una computadora portátil.
Estos sistemas hasta ahora sirvieron para la seguridad; y, por ejemplo,
se utilizan en las avenidas y carreteras para vigilar a los vehículos
y a sus conductores. Hoy, son utilizables en la regulación
actitudinal.
Sin pretender decir "en consecuencia", es oportuno explorar
esta innovación y sus efectos pedagógicos, con el
debido cuidado que ello exige; y los efectos conductuales en el
colectivo social, como los políticos y sociológicos.
Seguramente el vídeo (componente de las Tecnologías
de la Información) sirva para que los jóvenes se "frenen"
y autorregulen sus límites, no se trata de vigilarlos, sino
de hacerles notar que "nos miramos entre todos y somos responsables
de lo que hacemos". Igual para los mayores, en la calle, en
el estadio deportivo o en la oficina. O para que los servidores
de la Administración Pública, sea Presidente, Ministro,
Congresista, Juez, funcionario de segundo nivel, técnico
o portero, estén siempre ante una cámara, haciendo
pública y transparente su gestión o su actividad.
Es un tema para evaluar. Con poca duda, el vídeo puede ayudar
a reducir la corrupción. Y puede hacerse mediante un sistema
de cámaras en circuito abierto, que permita a la ciudadanía
la observancia del desempeño de los servidores públicos,
a través de internet o de cámaras en los propios recintos
públicos.
Asimismo, es imprescindible evaluar las estrategias y fines de
la escuela, si ésta cumple o no con las demandas sociales;
asimismo, es urgente reorientar el rol de los agentes que inducen
la opinión pública y los contenidos de los sistemas
de comunicación masiva; todos, a una, deben cooperar en la
formación de un hombre con juicio y pensamiento crítico,
que se aleje de las tentaciones y de las debilidades que lo expongan
a la corrupción, activa o pasiva. Fatalmente, muchos programas
en la TV producen mensajes perniciosos y sólo ayudan a lo
negativo; la mayoría, sólo activan la impulsividad
primaria, la violencia y el irrespeto.
En ese contexto, nótese que la permisividad no es una buena
estrategia. Esta sólo ha ayudado a debilitar al educador
y al propio padre de familia. En las últimas décadas,
se ha hablandado la autoridad, el adulto ha dejado de ser el referente
apropiado para promover actitudes positivas, no se ayuda a formar
el carácter, los estímulos del entretenimiento han
invadido los espacios de los jóvenes, desplazando la exigencia
y el esfuerzo. Así, se ha degradado la capacidad de autoexigencia
en los más jóvenes, provocando que de generación
a generación se agudice el menor esfuerzo.
Pero lo más grave de la permisividad es la mentalización
del encubrimiento. Quiénes se mal acostumbran a lo fácil,
lo internalizan como un código de conducta y adquieren el
sentido de apoyar al prójimo en el no esfuerzo, un criterio
de tolerancia extrañamente aplicado. Un tipo de tolerancia
que aproxima a los individuos a encubrir el error ajeno; un "yo
te cubro, tú me cubres" que se adquiere hasta convertirse
en una fórmula de vida.
Recientemente, en el tercer trimestre del 2004, en Argentina, exactamente
en Buenos Aires, sobre una encuesta a más de trescientos
mil personas, la mayoría opinó que la escuela debe
ser más exigente. Se percibe que se ha relajado la conducta
por la falta de exigencia, en el sentido más amplio y sano.
No es tiempo de una queja moral. Las denuncias asfixian a todos,
en todos los países. No se desea una escuela en un sistema
social y educativo que forme a los mejores repetidores de lo que
otros han dicho o hecho, se requiere de una escuela en un sistema
social y educativo que promueva la reflexión y ejemplificación
positiva y real; o terminaremos en la amargura, en el cinismo o
en la desorientación. La heteronomía nos está
ganando y la sociedad corre el riesgo de ser más dependiente
de lo exterior y de asumir como correcto lo que se sancionaba como
inmoral. Y eso no es una nueva sociedad, sino una sociedad en decadencia.
Un buen acuerdo nacional debe incluir un sistema educativo para
la exigencia y el pensamiento crítico, con menos énfasis
en la acumulación de conocimientos y más dedicación
al desarrollo intelectual y emocional del educando; así como
el control de las acciones del Gobierno y del Estado. La información
se abre paso por internet, uno de los contenidos debe ser la vigilancia
de los actos públicos. Una obligación del buen gobierno
es la institucionalización de un país al que se garantice
las condiciones mínimas de educación positiva y sostenibilidad.
Apostemos por la niñez, transformemos el modelo actual, erradiquemos
la permisividad sin sentido, aprovechemos la cultura de la imagen
que ahora nos invade y orientémosla a los sistemas de vídeo
para "mirarnos entre todos" y propiciar conductas sanas
no encubridoras o con menor riesgo de lo corruptible.
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